Triatló de la Vila 2015

Llega un punto en que, cuando se trata de relatar qué te ha pasado en la última carrera en que has participado, te paras a pensar si tienes algo diferente a explicar, algo que te haga no caer en volver a decir lo mismo que ya has dicho. Y entonces, recuerdas que, como siempre, ha habido elementos de tragicomedia que son los verdaderamente interesantes de contar.

Pinchazos reales y pinchazos psicológicos

Parece que me estoy convirtiendo en todo un experto en esto de pinchar ruedas de la bici (o del coche) hasta el punto de, literalmente, haberme imaginado un pinchazo, pero vayamos por partes…

Triatlón sprint en la vila olímpica de Barcelona, con los boxes abiertos hasta las 7:45AM, así que tocaba madrugar bastante para evitar problemas de aparcamiento y poder prepararlo todo, aunque dado el calor que hizo esos días, ya teníamos todos bastante claro que el neopreno iba a estar prohibido salvo excepciones.

Me visto con tranquilidad, desayuno sin prisas y voy cargando las cosas en el coche, dejando, como siempre, la bici para el final. Y justo cuando voy a meterla en el maletero, primer susto del día: la rueda trasera sin aire. Mi cabreo es mayúsculo porque, la noche antes, la dejé hinchada y no noté nada raro. Cambio la cámara en tiempo récord (algo bueno ha de tener el repetir esa maniobra tantas veces últimamente), cojo otra de recambio y para BCN que salgo. No he perdido demasiado tiempo, y aunque no voy sobrado de tiempo, tampoco estoy en situación límite y me vuelvo a relajar… hasta que, pasando por la rotonda que hay frente al golf de Cardedeu, oigo un sonido inconfundible: aire a presión escapando por algún lado.

Creo que la lista de juramentos que solté debe estar penada en algún lugar, así que no la reproduciré, pero el cabreo y el agobio que me entró fue muy considerable. Entré a la autopista y opté por pisarle al coche como hacía mucho que no le pisaba. El objetivo era llegar rápido al lugar de salida, aparcar el coche y volver a cambiar la cámara. Cuando llego tengo suerte y encuentro sitio para aparcar bien pronto, así que me dispongo a sacar la bici y… las dos ruedas están en perfectas condiciones, sin haber perdido ni un gramo de presión. Mi cara de alucine debió ser antológica, pero después de mirarlas y remirarlas varias veces, de comprobar los tapones de las válvulas y de apoyarme en ella para ver si alguna rueda flojeaba, decido que allí ha pasado algo que escapa a mi comprensión (*) pero que la bici está en perfecto estado de revista para ser usada.

La carrera

Por lo que respecta a la carrera, no hay mucha historia (además de la sensación rara de ir caminando por la playa, a las 8:10AM, listo para tirarte al agua, mientras esquivas los “daños colaterales” de una noche de juerga de verano, ya fuese en forma de basura o de cuerpos inertes). La natación me salió bien (a una lentitud digna de admirar), aunque tuve un momento de auténtico pánico al girar en la primera boya y notar cómo la cuerda de la misma se me enganchaba en la pierna. Una vez soltada, nada más destacable.

Sobre la bici es donde mejor me lo pasé. Opté por salir a darlo todo, a no dejar escapar a nadie por delante que viese que podía ir suficientemente rápido como para servirme de ayuda y eso se notó: 17km (dos menos de los que decía la organización) a 36km/h de media lo que, para mi, es una auténtica burrada.

Y cuando tocó correr, pues se sufrió. Además de la vaciada sobre la bici, y si bien al tirarnos al agua el cielo estaba nublado, aquellos 5km tocó hacerlos bajo un sol abrasador. Si a eso unimos que sigo teniendo problemas para regular mi ritmo cuando empiezo a correr, sale un primer km a 4’30” que luego pagué, rodando los otros cuatro a prácticamente 5’00”.

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Al final, tiempo total de 1h 15′ 19″, y con buen sabor de boca. Ahora, a pensar en la olímpica de Banyoles el sábado 5 de septiembre.

Sin título

(*) Hace pocos días descubrí el origen del sonido que me hizo pensar en que se había pinchado la bici: iba en el coche con un amigo y, tomando una rotonda, volvió a oírse el sonido de aire saliendo a presión, y esta vez no había bici en el maletero. Al aparcar, miré y encontré qué pasaba: en un compartimento del maletero había un bote de espuma limpiadora de tapicería, que no tenía tapón, junto al gato, que no iba fijado de ninguna manera. Al girar hacia la derecha, el propio movimiento del coche hacía que el gato se apoyase en el bote y disparaba su contenido durante un breve tiempo.

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Publicado el 03/08/2015 en competiciones y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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