Rutes del Montseny 2014: No siempre querer es poder

Dentro de toda esa ristra de lemas motivadores que hay dentro del mundo del deporte el “querer es poder”, y sus múltiples variantes, es uno de los más extendidos. Sin embargo, la experiencia vivida este domingo 13 de abril me ha demostrado que ni de coña, que hay veces que el cuerpo dice basta e intentar seguir sólo puede acabar traduciéndose en una lesión. Al final, la única culpa de tener que acabar abandonando (aunque la organización me sitúe como último clasificado con un tiempo de 8h 12′ 33″) es mía y sólo mía. A nada puedo achacar la falta de kilómetros en las piernas y más, cuando el reto era una ruta de 152km con unos 2600m de desnivel positivo. Simplemente, no había entrenado un mínimo y mi cuerpo no estaba listo para afrontar ese reto. Creí que tomándomelo con calma la cosa se podría hacer más llevadera, pero no fue así.

Antes de empezar, el perfil y la ruta que seguía esta trigésimo cuarta edición de “Rutes del Montseny”:

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Perfil de la ruta, con sus dos puertos de primera categoría

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La salida se daba a las 8 de la mañana desde el centro de Granollers en una mañana que apuntaba a poco soleada y tirando a fresca (lo cual era de agradecer). Pasamos por la misma ruta por la que discurre inicialmente La Mitja (fue curioso tener toda la calle a disposición de los ciclistas cuando las has corrido a pie) y, poco después de pasar el km 4, girábamos hacia la derecha por Les Franqueses, cogiendo la carretera de Cànoves y encarando la primera dificultad del día, el alto de Cànoves. Es un pequeño puerto (la organización lo marcó de tercera categoría) que conozco bastante bien, ya que muchas veces acabo mis salidas pasando por él. Lo afronté con bastante calma y ya empecé a preocuparme al ver que me pasaba gente por todos los lados. Aún y así, sabiendo cuales eran mis limitaciones, seguí a mi ritmo, intentando conservar fuerzas. Por aquellos entonces, ya hacía rato que me habían dejado atrás los compañeros de equipo que también participaban en la prueba.

Todo el descenso por Sant Antoni, Llinars y hasta Sant Celoni fue en solitario, continuamente viendo como, de vez en cuando, me pasaba alguna grupeta. Sólo en una ocasión intenté seguir a una, pero pronto me olvidé por dos razones: la primera, no quería malgastar fuerzas siguiendo el ritmo de un grupo que, tal vez, sólo me provocaría el reventar antes; la segunda, y más importante para mi, es que el día 18 no habrá rueda que valga, y tendremos que ser mi bicicleta y yo, sin “ayudas”, quienes completemos los 90km de recorrido. Así que si he de rodar sin seguir ninguna rueda, más vale que me habitúe a ello.

Una vez cruzado Sant Celoni sabía que la cosa se ponía interesante, y más, tras ver el cartel con las palabras “Santa Fe, 19km”. Sabía que venía una ascensión larga, muy larga, pero por fortuna, sin rampas fuertes. En cuanto la carretera empezó a picar hacia arriba, metí el plato pequeño y el piñón más grande y me puse a subir en modo tractor, sin prisa y sin querer forzar las piernas (otra de las cosas que tenía en mente como preparación para el medio IM). El pequeño detalle era que no sólo había que subir hasta Santa Fe, sino que luego había que seguir hasta Sant Marçal, un trecho más adelante.

Imagen cortesía de altimetria.net

Imagen cortesía de http://www.altimetria.net

La ascensión parecía ir bien al ritmo que llevaba. Hasta aproximadamente el km 45 de ruta iba disfrutando sobre la bici, ya que el paisaje y la ausencia de rampas duras ayudaban a ello. Sin embargo, a partir de aquel punto las piernas empezaron a fallar. Se acumulaban los kilómetros, la carretera seguía hacia arriba y los cuádriceps empezaban a doler (por no hablar de mi culo, poco acostumbrado a tanto esfuerzo sobre el sillín y sin un culotte en condiciones). El ritmo iba cayendo (los 5 últimos km de ascensión hasta Santa Fe los hice a unos ridículos 10km/h), los cuádriceps cada vez dolían más y más. Por dos veces paré un par de minutos para darme un respiro (cayéndome en una de ellas por no ser capaz de sacar el pie de la cala dada mi saturación física y mental) y la idea del abandono había hecho ya algo más que pasarme por la cabeza.

Poco a poco seguí subiendo, absolutamente dolorido y, al llegar a Santa Fe, llegó la torta moral definitiva. Aunque sabía que la subida no era hasta Santa Fe sino hasta Sant Marçal, inconscientemente había asimilado que, una vez llegado al primer punto, la cosa ya había acabado… y no era así. El hundimiento mental que sufrí al llegar a Santa Fe y ver un cartel con la inscripción “Sant Marçal 7km” fue el mayor que he sentido nunca. En aquellos momentos, casi me planteaba darme la vuelta y largarme a casa. Seguí subiendo (ya continuamente por debajo de 10km/h) con el objetivo de llegar al avituallamiento que había en Sant Marçal y allí, tomar una decisión. Al menos, la suerte fue que, de esos 7km, sólo los 3 primeros eran de ascensión, así que pude disfrutar de un mínimo descanso antes de bajarme de la bici en el avituallamiento (km 60).

Una vez allí, al poner pie a tierra, no sabía si tirarme al suelo, si llorar, si probar a caminar… tenía todos los cuádriceps absolutamente hechos polvo, con sensación de estarme clavando agujas por todas partes. Era incapaz de hablar, así que estuve unos 5′ de pie, intentado relajar de alguna manera las piernas. Cuando la cosa pareció remitir, empecé a comer y a beber de todo lo que nos tenían allí y hablé con una persona de la organización sobre una posible retirada. Tras hablarlo con otra persona más y ver las opciones que tenía, opté por seguir hasta el siguiente avituallamiento, en la localidad de Seva (km 94 de la ruta). Eran 34km con un buen tramo de bajada, así que vi factible hacerlo. Y además, ya que me había dado la paliza de subir hasta allí, el placer de la bajada nadie me lo iba a quitar. También pensé que el descanso que le daría a las piernas me iría bastante bien.

Y vaya si valió la pena 🙂 De siempre me han encantado los descensos y, por lo que he ido viendo, parece que no se me dan mal (ojo, no digo que sea bueno, pero sí me parece que soy más rápido que muchos otros… y volveremos sobre esto más adelante), así que esos kilómetros rodando a 50-60km/h fueron una gozada.

Sin más incidencia llegué al km73, donde nos encontrábamos con una mínima tachuela que no llegaba ni a un km de ascensión y un nivel casi insignificante (no llegaba ni a 50 metros) y que daba paso a otros 3km de descenso. Al llegar a la cima, un miembro de la organización nos avisaba que la bajada era delicada. Y vaya si lo era, ya que el asfalto estaba absolutamente hecho polvo. Tan hecho polvo que, al poco de empezar a bajar, me comí una piedra suelta un poco grande que, inmediatamente, me provocó un pinchazo en la rueda delantera. Paré al salir de una curva donde vi a un chaval que tenía pinta de haberse caído. Mientras arreglaba la rueda fui hablando con él y me confirmó lo del tortazo al patinarle la rueda delantera por culpa de las piedrecitas que había sueltas sobre la carretera. Le ayudé con una tontería del freno trasero y nos tiramos cuesta abajo los dos, aunque enseguida lo dejé atrás y me volví a ver solo, y solo volví a sufrir.

En el camino hacia Seva y hacia la ascensión de 10km al Collformic, se notó al principio el descanso que le había dado a las piernas. Sin hacerlos a una velocidad para nada destacable, sí podía ir pedaleando con cierta soltura, pero en el kilómetro 81,5km la carretera picó ligeramente hacia arriba y aquello me supuso el golpe de gracia definitivo. Apenas fueron seis kilómetros y medio con un desnivel de 153 metros, pero enseguida volví a sentir las piernas como en la subida a Santa Fe y todas las fuerzas me abandonaron. Verme absolutamente clavado en una carretera donde, de estar fresco, podría rodar con plato grande fue la confirmación de no poder ni querer ir más allá. ¿Cómo iba a poder afrontar la subida a un puerto de 10km, con +400m de desnivel, si no podía con aquella carretera?

Llegué a Seva, me bajé de la bici, relajé las piernas y busqué a alguien de la organización para decirle que se había acabado, que allí me quedaba. Al cabo de un rato apareció el chaval que se había caído y dijo que también se retiraba, que la caída le había dejado tocado psicológicamente y no quería seguir (y estando allí, creo que vi a un par a quienes les venía a recoger un familiar y también se iban para casa). Poco después llegó el coche escoba, nos subimos y, con calma, fuimos siguiendo al hombre que cerraba la carrera, un personaje de 61 tacos del que hablaré más. Baste decir que en Santa Fe se lió y acabó subiendo hasta el Turó del Home, comiéndose 10km de regalo (y duros de narices).

Casi en la cima de Collformic estaba el último avituallamiento de la ruta, y ahí volvimos a parar, esperando que llegasen los rezagados.

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Y en esas estábamos cuando, tras hablarlo medio en serio medio en broma, me planteé el volver a subir a la bici y hacer el tramo que faltaba. Ahora venía el descenso más largo de la ruta y luego, un tramo largo de llano con algunos repechos. Me lo pensé y dije, ¿por qué no? Y allá que fui otra vez.

El del maillot blanco es el personaje de 61 del que os he hablado

El del maillot blanco es el personaje de 61 años del que os he hablado

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Manguitos arriba y braga en el cuello. En el descenso se agradecían

La cima del Collformic estaba situada en el km 102 de la ruta, así que quedaban 50 por delante, con 30 de ellos de descenso. Y si antes hablaba de que creo que voy relativamente bien en las bajadas, en esta se me juntó el personaje anteriormente mencionado y sólo diré: ¡madre mía cómo bajaba! Apenas debía llegar al metro sesenta centímetros y no sé ni si pesaría más de 50 kg, pero en la bajada iba como un auténtico misil. Tanto él como yo fuimos pasando a los 3 o 4 que habían salido por delante nuestro en el avituallamiento, pero este hombre, si para trazar rápido una curva tenía que meterse en el carril contrario, lo hacía sin dudarlo ni un instante. De hecho, llegó un punto en que dimos caza a un coche y, ni corto ni perezoso, el tío adelantó al coche y se fue montaña abajo. Yo, en cambio, no tuve valor para hacerlo y me vi, durante un buen rato, clavado tras él.

Cuando la bajada se suavizó le volví a dar caza, ya que en llano rodaba yo más rápido que él, aunque ahí nos encontramos con el problema gordo del tramo Sant Esteve y Santa María de Palautordera: el viento de cara. Ese tramo de carretera parece ser un tipo de tubo por el que el viento sopla, con ganas, siempre de cara (las dos veces que lo he hecho he sufrido con él). Hicimos pareja y, al menos, nos fuímos dando conversación, aunque obviamente, por diferencia de tamaño, él no podía ofrecerme ningún tipo de “refugio”. Y además, por esa zona empezó el segundo problema gordo del día: molestias en la rodilla izquierda.

Cuando creía que ya sólo iba a ser cuestión de sacar algo de fuerzas para hacer esos últimos 15-20km, temiendo sólo un par de rampas duras a la entrada de Granollers, empecé a sentir dolor en el lateral de la rodilla izquierda. Cuando vi que aquello poco a poco iba a más, y ya estábamos a la altura de Llinars, decidí que ni de coña me arriesgaba a hacerme daño de verdad, así que al llegar al desvío de Cardedeu me paré, esperé al coche escoba y dejé que me llevasen hasta meta (había que recuperar el coche ;))

Conclusión

No considero que la experiencia haya sido negativa, todo lo contrario. Pero sí me ha servido para darme cuenta que, sobre la bici estoy muy muy muy flojo y falto de piernas, mucho más de lo que creía. Casi da la sensación que necesitaría unos meses de dedicación prácticamente exclusiva a ella para ponerme al nivel del correr.

Aún y así, el placer de subir en ella hasta ciertos lugares, disfrutando de las vistas que la montaña te proporciona y luego, sentir el viento silbar en tus orejas a casi 60km/h bien valen la pena los sufrimientos pasados 🙂 Es muy probable que repita el año que viene o que, incluso, me atreva yo sólo a subir hasta Santa Fe por mi cuenta alguna vez 🙂

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Publicado el 13/04/2014 en competiciones y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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